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Pagar 25 euros por ser jornalero en la vendimia de Jerez



Hace ya un rato que el sol ha empezado a descolgarse por el pago Plantalina y, ni por esas, el termómetro da una tregua. Marca 38 grados, pero el cálido viento de levante agrava el bochorno en los viñedos de Jerez de la Frontera. El paisaje, cuajado de vides enraizadas en sinuosas laderas, es impagable. Pero interactuar activamente con él ya es otra cosa. Maritza Vela vendimia agachada entre las parras. “Estoy emocionada. Esto es hermoso”, tercia. La mujer, de origen colombiano, ni es jornalera, ni el viñero es suyo. Es más, ha pagado 25 euros por recoger la uva palomino que luego pisará para elaborar el mosto del que nacerá en vino de Jerez. El precio oscila entre los 15 y los 30 euros por persona y jornada.
Vela es uno de los 270 turistas y locales que, este año, han participado de la iniciativa Vendimia con nosotros de la empresa jerezana Spirit Sherry. Es el sexto año que los emprendedores jerezanos y técnicos en viticultura, Cecilia Rodríguez y Eduardo Valderas, repiten esta singular actividad que convierte a sus clientes en jornaleros por unas horas. Pero Valderas aún recuerda entre risas qué opinaban en Jerez, allá por 2013, sobre su recién iniciada actividad: “Te cortan la uva y, encima, te pagan, con las fatigas que yo he pasado para recogerla’, me decían. No se lo podían creer”.
Desde entonces, cada año tienen más éxito que el anterior. “En esta edición, hemos multiplicado los grupos por cuatro con respecto a 2017”, reconoce Rodríguez. En total, Spirit Sherry ha organizado hasta nueve grupos de unos 30 participantes que han estado recogiendo uvas hasta este mismo fin de semana, coincidiendo con el tiempo de la vendimia de las grandes bodegas. La empresa cobra entre 15 y 30 euros, dependiendo si son familias o no. La iniciativa sorprende en un Marco en el que la recolección ya está mayoritariamente mecanizada y el enoturismo se suele limitar a visitas o catas gastronómicas.
“Ya el 70% de la vendimia es a máquina. Queremos reflejar la importancia de todo lo que es a mano”, reconoce Rodríguez. Victoria Miller le da la razón, entusiasmada: “¿Sabes lo que es y sentir el corte y el pisar de la uva?”. Miller es la responsable de ‘D’Sherry Explorers’, un heterogéneo grupo locales y extranjeros aficionados al vino de Jerez que es fijo en cada edición. En una tarde a finales de agosto, el sol empieza a morir por el horizonte de las siete hectáreas que vendimia la empresa y los más de 20 exploradores del vino de este grupo ya están metidos en faena.
Agrupados en parejas, van peinando las líneas de parras a la caza de la uva palomino, mayoritaria en el Marco. Entre corte y corte, la atención se desvía a los selfies y las miradas furtivas al espectacular atardecer. Para Vela y su marido, Nelson Espitia, es la primera vez que pisan un viñedo. Están entusiasmados, cortan con mimo cada racimo de uvas y los depositan en una espuerta. “Soy ingeniero en una fábrica de tapones y quería aprender el proceso desde el origen. Nunca habíamos visto esto y es precioso”, reconoce Espitia, residente en Cádiz desde hace un año.
Pero el perfil del cliente venido de fuera o que desconoce el mundo del vino ni siquiera es el mayoritario de Spirit Sherry. “Tenemos muchos grupos locales. O de padres y abuelos que trabajaron en la vendimia y quieren mostrar a su familia cómo era el trabajo”, explica Rodríguez. Y, aunque Maritza y Nelson se sientan como los protagonistas de ‘Un paseo por las nubes’, la dureza del trabajo es evidente, tal y como los dos empresarios se esfuerzan en dejar claro y los propios vendimiadores descubren durante las dos horas de actividad.
Porque, al igual que los jornaleros de antaño y algunos en la actualidad, aquí no hay maquinaria que valga. Cada pareja ha trasladado su espuerta cargada de uvas hasta el punto en el que tienen que pisarla. Descalzos y agarrados por los hombros, el matrimonio colombiano ya está en la tarea. “De cada espuerta salen de ocho a diez litros de mosto y, con ellos, haremos el vino que estará listo el año que viene”, explica Valderas. Es el mismo que, en unos minutos, los propios recién desvirgados en la vid catarán justo ya en el final de la puesta del sol.
A pocos pasos de Maritza y Nelson, Lucía Arroyo y Mar Barrios no pueden contener la risa, mientras pisan la uva. “Al menos la piel se nos va a quedar muy bien”, la primera, originaria de Valencia. La experiencia no es del todo desconocida para Barrios, procedente de Jaén. “Mi familia tiene campos de aceitunas y cerezas. Me vine de allí y mírame. Las fotos que me estoy haciendo hoy van para mi padre. ¿No querías aceituna?, pues toma vendimia”, remacha divertida la joven.